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Nanga Parbat
La conquista del monstruo
Dossier

 

La novena cima más alta del mundo se eleva majestuosa en el extremo más occidental del Himalaya. Sus 8.125 metros de altura encierran la historia de una de las hazañas más importantes de la historia del alpinismo, la primera ascensión de Hermann Buhl.

Hermann Buhl


El alpinista austriaco Hermann Buhl, famoso por sus ascensiones en solo en los Alpes

El Nanga Parbat, un formidable macizo que recorre más de 25 kilómetros de distancia, cuenta en su haber con algunas de las más comprometidas rutas y numerosos peligros potenciales, resultado de sus inestables glaciares, de frecuentes tormentas y de las no menos usuales avalanchas. Antes de ser ascendida por primera vez, 31 personas murieron intentando conquistarla. No fue hasta 1953 cuando un austriaco llamado Hermann Buhl lograra alcanzar la cumbre ascendiendo los últimos 1.300 metros en solitario. Esta es la increíble historia de su extraordinaria ascensión:

Corría el año 53 cuando el Nanga volvía a despertar interés entre los alemanes (en esa época la conquista de las grandes montañas se había convertido en asuntos de Estado). En un primer momento se consideró al Nanga Parbat como el más sencillo de los ochomiles a la hora de ser escalado: un error fatal, ya que esta colosal pirámide de hielo fue el escenario de algunas de las peores tragedias del mundo del alpinismo: sumaban 31 las víctimas contabilizadas en accidentes mortales ocurridos mientras intentaban alcanzar su cumbre.
El líder de la expedición germano-austriaca del 53, el Dr. Karl Herrligkoffer, reclutó un equipo heterógeneo formado, entre otros, por los "veteranos" del Himalaya Aschenbrenner y Frauenberger y por una pareja de jóvenes escaladores muy famosa por sus actividades en los Alpes: Buhl y Rainer.


El macizo del Nanga Parbat, visto desde Fairy Meadows (3.200 m)

La expedición comenzó sin problemas y todo siguió su curso, estableciendo el Campo Base a finales de mayo. Los Campos I al IV fueron instalados y las tiendas y el material fueron transportados sin problemas. Sin embargo, los ataques a cumbre se tenían que ir posponiendo continuamente debido a las fuertes nevadas y a las inestables condiciones meteorológicas, por lo que, el 30 de junio y sin haber llegado siquiera a la altura alcanzada en la expedición de 1932, Herrligkoffer ordenaba descender a todos los montañeros que se encontrasen en los campamentos de altura hasta el Base.
Pero al día siguiente el tiempo cambió, cuando Buhl, Kampter, Frauenbergar y el cámara Ertl todavía estaban en los campos de altura. Habían desobedecido las órdenes del líder de la expedición, ya que no estaban dispuestos a abandonar la ascensión, no tan pronto.
Así, el 2 de julio Buhl, y Kempter instalaron el Campo V (6.900 m) en el Collado cercano a la Silla de Plata (7.450 m), mientras que Ertl y Fruenberger volvieron al IV. Ya que las condiciones climatológicas parecían haberse estabilizado, Buhl decidió llevar a cabo su plan, consistente en ascender lo antes posible hasta la Silla y el gran plateau que se abría encima de ella. Desde ese punto estratégico podría alcanzar la cima de la Cumbre Norte, para que de ese modo el "honor" de la expedición quedase salvado. Además, su fuerza y resistencia, demostradas en las ascensiones en solo en los Alpes era por lo que más se le conocía, y ese, pensó, era el momento y el lugar idóneo para llevarlas al límite y utilizarlas al máximo.

A la 1 de la madrugada del 3 de julio, Hermann Buhl dejaba el Campo V para seguir ascendiendo rumbo a la cima del Nanga Parbat. Su compañero de expedición, Kempter, seguiría sus pasos una hora más tarde, avanzando por las laderas de la montaña en medio de unas buenas condiciones de la nieve y una noche muy despejada. A las 5 de la mañana el alpinista austriaco alcanzaba la Silla de Plata y recorría los 3 kilómetros del gran plateau. Agotado, repuso fuerzas y dejó la mochila, para continuar la ascensión inmediatamente. Para cuando Kempter llegó al plateau, Buhl se encontraba ya muy lejos y seguía avanzando a muy buen ritmo, por lo que, convencido de que nunca le daría alcance, inició el descenso hacia el Campo V.
Buhl alcanzó el collado anterior a la cima, situado a 7.800 metros, a las 2 p.m. Tenía por delante la parte técnicamente más difícil de la escalada, con unos 300 metros finales que se le antojaban nada atractivos ni prometedores. Pese al esfuerzo realizado decidió, sin embargo, continuar. Tomó un estimulante (Pertvin) y comenzó a ascender por la sección rocosa, constatando las malas impresiones que este tramo le habían causado: efectivamente, era muy difícil y le llevó mucho tiempo el superarlo.
A las 6:00 p.m Buhl llegaba al hombro y una hora después pisaba la cumbre, con un día claro y tranquilo como únicos testigos de su hazaña: el capítulo Nanga Parbat había sido cerrado gracias a la voluntad de un solo hombre.
Durante el rato que permaneció en la cumbre, el sol empezaba a ocultarse tras las montañas, dándole el tiempo justo para clavar su piolet con banderas paquistaníes y tirolesas y hacer algunas fotos. Cuando inició el descenso ya era noche cerrada. Algunos metros más abajo, todavía en la "zona de la muerte", por encima de los 8.000 y sobre una estrecha cornisa situada bajo el hombro, Hermann se dispuso a pasar la noche, sin saco, ni nada del material que había abandonado en el plateau horas antes.


Ertl, cámara de la expedición de 1953, en el Campo V (6.900 m) mira hacia la cumbre del Nanga Parbat, donde su compañero Hermann Buhl se había dirigido el día anterior.

Al mismo tiempo, pero varios cientos de metros más abajo, dos miembros de la expedición pasaban la noche en muy diferentes condiciones: Kempter y Frauenberger, refugiados en sus tiendas del Campo V esperaban ansiosos, preguntándose acerca del paradero de Buhl.
Tumbado en su precario vivac, el alpinista aguantaría desde las 9:00 p.m hasta las 4:00 a.m, pero la sensibilidad de sus pies empezaba a desvanecerse rápidamente. Continuó, a pesar de todo, el descenso, bajando por el Collado en lo que significaría un tremendo y agotador esfuerzo que le obligó a tomar una nueva dosis de Pertvin. Gracias a ella pudo alcanzar el gran plateau y su mochila, pero Buhl no se encontraba ya en condiciones de ingerir agua ni comida. Bajo el ardiente sol y preso por alucinaciones avanzó como pudo, ingiriendo una última dosis que movilizó sus últimos recursos y le ayudaría a llegar, una hora y media más tarde, hasta la Silla de Plata.
Mientras tanto, Kempter había descendido al Campo IV y Ertl y Frauenberger, que se encontraban erigiendo una placa conmemorativa de la expedición de 1938, no dejaban de mirar hacia la Silla, esperando algo a todas luces imposible. Planeaban esperar un día más antes de subir a buscar a Buhl...o a su cadáver.

Frauenberger volvió al emplazamiento en que habían situado la placa para asegurarla mejor, cuando creyó observar un pequeño punto que se movía en la Silla...no cabía duda, era Hermann, ¡¡y había sobrevivido!!
La ascensión del alpinista austríaco a la cima del Nanga Parbat refleja con toda precisión su estilo alpinístico: total concentración en su objetivo y asunción de enormes riesgos a la hora de intentar conseguirlo. Buhl tuvo mucha suerte al salir con vida con tan solo algunas congelaciones en los pies después de realizar una empresa de tamañas proporciones.
Cuatro años más tarde volvía a dar muestras de su calidad como alpinista al demostrar, junto a sus compañeros de expedición al Broad Peak (8.047 m) que se podía coronar la cima de un ochomil sin la ayuda de los porteadores de altura.
Esa sería su última cumbre ya que algunos días más tarde murió en un accidente mientras intentaba, en compañía de Kurt Diemberger, ascender el Chogolisa.

 

Reinhold Messner

En 1970 estaba virgen la terrorífica cara del Rupal Sur del Nanga Parbat en el Himalaya. Se trataba de una pared de 4500 metros de desnivel de alta dificultad. Dos personajes se unirían y enfrentarían después por la conquista de esta pared. El jefe de la expedición, el Dr. Karl Herrligkoffer, “infatigable y obstinado médico muniqués” que era un hombre muy experimentado en la dirección de expediciones y “la figura más relevante de los años ‘70” el ítalo-germano Reinhold Messner en el que de depositaban grandes esperanzas de vencer la montaña. Se acordó que se anunciara el mal tiempo lanzando desde abajo una bengala roja y en ese caso suspender cualquier tentativa. Si la bengala fuera azul, significaría que las previsiones eran buenas y el asalto debía efectuarse.
Lo cierto fue que el tiempo se presentaba bueno y los partes meteorológicos indicaban lo contrario. Se lanzó una bengala roja pero Reinhold no deseaba perder la oportunidad. Junto a su hermano Günther, logran la cumbre venciendo la temida pared. Sin embargo, Günther no estaba entero y propuso bajar por la vertiente del Diamir, del otro lado. Soportaron un vivac y Günther se debilitaba cada vez más. Reinhold buscaba el camino y volvía a ayudar a su hermano y en una de esos pasajes, un alud sepultó a Günther para siempre. Lo buscó durante un día y dos noches y siguió bajando casi como un autómata. Desesperado, agotado, sin alimentos, con varios dedos de los pies congelados y dándose ánimos a sí mismo continuamente en una decidida voluntad de vivir, descendió por el Valle del Diamir, hasta que por fin topó con unos campesinos, los cuales le ayudaron a continuar.

Al no regresar los Messner al campamento base, los miembros de la expedición pensaron en dos posibilidades: o habían tomado la arista Sudoeste que les hubiera permitido alcanzar la parte superior del valle del Rupal o habían bajado por la cara del Diamir. El jefe de la expedición envió inmediatamente un equipo al valle superior del Rupal pero nadie había oído hablar de que unos extranjeros hubieran descendido de la montaña. Con respecto al Diamír, las autoridades fueron informadas de que tenían que socorrer a dos sahibs, probablemente en un estado precario. Incluso fue solicitado un helicóptero. El doctor Herrligkoffer decidió levantar el campamento, y la expedición se dirigió a Gilgit. donde finalmente encontraron a Reinhold Messner y se enteraron de toda la historia. Cuando regresaron a Europa, un conflicto público enfrentó al alemán Herrligkoffer y al tirolés Messner. Graves acusaciones fueron sostenidas por Reinhold Messner contra el jefe de la expedición, que se publicaron en los periódicos y, posteriormente, en un libro titulado “La Bengala Roja”. Messner acusaba al doctor Herrligkoffer de no prestar asistencia a personas en peligro; y éste, por su parte, hacía responsable a Reinhold de la muerte de su hermano. El pleito se dirimió ante el Alto Tribunal de Baviera, cuyo fallo prohibió al alpinista tirolés proseguir sus acusaciones y ordenó la retirada de la circulación del libro.

El 29 de junio de 1970, mientras los hermanos Messner descendían del Nanga Parbat por la vertiente del Diamir, Günther, que se había quedado rezagado, fue víctima de una avalancha y desapareció. Reinhold contó que pasó el día siguiente buscándole y luego descendió, perdiendo seis falanges de los dedos de los pies y varios dedos de las manos a causa de las congelaciones.
Pero dos montañistas alemanes de la misma expedición, Hans Saler y Max von Kienlin, recordaron que el mayor de los Messner, un atleta mucho más formidable que su hermano, había dejado bien claro que no quería la compañía de su hermano en el asalto, y que la aceptó de mala gana.
Afirmaron, primero en campamentos, luego en salones y más tarde en sendos libros, que la ambición de Reinhold Messner era tan poderosa que durante el ascenso, al comprobar que Günther demoraba su marcha, lo abandonó a una muerte segura.
Celos de Saler y Von Kienlin
Messner logró que la justicia alemana prohibiera nuevas ediciones y traducciones de los libros de sus enemigos, pero todos en el ambiente del montañismo conocían la historia.
Además, la personalidad de Messner contribuyó a que muchos dieran crédito a la versión de sus ex compañeros de expedición, a pesar de que él adujo que se trataba de celos profesionales, en el caso de Saler, y del otro tipo en el caso de Von Kienlin, ya que después de aquella trágica expedición, en la que Reinhold perdió varios dedos de sus pies, Von Kienlin lo invitó a reponerse en su casa. Y allí estaba Ursula, su esposa, que rompió con su marido y se marchó con Messner.
Muchos años después de la tragedia, en 2004, se encontró un peroné en la vertiente Diamir de la montaña, y los análisis encargados por Reinhold a una universidad alemana revelaron que, efectivamente, había muchas posibilidades de que el hueso perteneciese a su hermano, lo que confirmaba la versión del alpinista.
El enigma resuelto
Y el pasado verano, la historia se cerraba definitivamente cuando un guía de montaña encontraba cerca de la base del Nanga Parbat unos huesos y algo de ropa, que fueron reconocidos enseguida por Reinhold como pertenecientes a su hermano. Messner, sin que nadie lo viera, sacó de contrabando unos pedazos de huesos, que mandó analizar. Los resultados de las pruebas de ADN dieron positivo, con lo que la versión de Messner quedó totalmente confirmada.

 


 

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